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Hace unos minutos leía yo una reciente publicación de @marabuzal donde planteaba que toda gran obra de arte oscila entre la tragedia y la belleza. Esa reflexión me recordó inmediatamente a Heidegger y su idea de que cada ser tiene su propia forma de estar en el mundo, su Dasein, su modo de habitar la existencia.
Y aquí es donde mi reflexión con 'el hechizo inicial' se enlaza con esa perspectiva: el arte no es únicamente trágico o festivo, sino que refleja la manera en que cada ser se sitúa en el mundo. El estar arrojado, limitado por la muerte, pero también abierto a la posibilidad de la creación y la celebración. La tragedia que Sábato subraya es una forma de estar en el mundo, marcada por la conciencia de la finitud. Pero la alegría de Matisse o la vitalidad de Vivaldi son también modos de existencia, formas de habitar el mundo desde la luz, el color, el movimiento.
En este sentido, la grandeza de una obra no se mide solo por su capacidad de mostrar el dolor, sino por su fidelidad a la manera en que el ser humano se experimenta en su estar-en-el-mundo. El Quijote es grande porque encarna la tensión entre el ideal y lo real; Austen porque revela la sutileza de la convivencia; Rembrandt porque ilumina la fragilidad; Vivaldi porque celebra el pulso vital. Cada uno es testimonio de un modo de ser.
Así, la tesis de Sábato se enriquece con Heidegger: la existencia es trágica, sí, pero también es múltiple, abierta, y el arte grande es aquel que logra dar forma a esa pluralidad de modos de estar en el mundo. La tragedia, la comedia, la celebración: todas son expresiones de nuestro Dasein, todas son maneras de decir que estamos aquí, en medio del tiempo y de la finitud, buscando el sentido, buscando el modo de divisarlo como "una flor que se abre en su borde".
Saludos @psicologopoeta
Heidegger nos permite ver más allá de la dicotomía trágico/bello. En efecto, cada Dasein, cada "ser-ahí", habita la existencia con una tonalidad singular. La finitud nos arroja al mundo, cierto, pero esa apertura al ser es justamente el espacio donde se despliega el abanico de posibilidades humanas.
La grandeza del arte no reside, entonces, en privilegiar un polo, sino en su fidelidad radical a una experiencia concreta de estar-en-el-mundo. Cada obra mayor testimonia, con rigor y profundidad, un modo específico de lidiar con el misterio de existir en el tiempo, entre el límite y la apertura. La comedia de Austen o el claroscuro de Rembrandt no son menos "serias" que la tragedia: son otras formas de verdad existencial, otros modos de desplegar el cuidado por el mundo.
La auténtica obra de arte, fiel a su época y a su autor, logra fijar un fragmento de esa multiforme verdad del Dasein.
La creación obviamente caro amigo se convierte en un claro en el bosque del ser, donde, por un instante, vislumbramos esa flor que se abre justo en su borde incierto.
Agradezco enormemente tu comentario que me ha permitido redondear la idea de mi publicación.
Un abrazo! ✍️
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