
Hace poco veía yo una vieja entrevista a Ernesto Sábato donde planteaba: " toda gran novela es una tragedia, toda gran obra de arte lo es, evidentemente trágica porque la existencia es trágica"
Y me quedé varios días pensando en eso. En grandes novelas. En la vida. En las tragedias.
Esa frase de Sábato resonó en mí como un campanazo en el silencio. "Toda gran novela es una tragedia… porque la existencia es trágica". Durante días, miré mis estanterías y sí, vi el desfile de los condenados: el Raskólnikov desgarrado, la Anna Karenina bajo las ruedas, el Buendía último frente al viento de la historia. Parecía tener razón. El arte grande, el que perdura, parece nacer de una herida que no cicatriza, de la conciencia lúcida y atroz de nuestros límites: la muerte, el tiempo, la soledad irremediable.
La pintura lo confirma. ¿No está acaso la tragedia en la luz de Rembrandt, que ilumina rostros surcados por la fatiga y la piedad, o en los fusilamientos de Goya, donde la brutalidad humana se exhibe sin máscara? La música: el Requiem de Mozart, el adagio de la Novena de Mahler. Son ecos de un abismo que intuimos. Sábato apunta al corazón de algo: el arte serio no evade el dolor constitutivo de estar vivos. Lo asume, lo trabaja y, al hacerlo, nos dignifica. Nos dice: "No estás solo en tu percepción del fracaso".
Pero aquí es donde mi reflexión, tras el hechizo inicial, empezó a rebelarse. ¿De verdad toda gran obra es evidentemente trágica? Al recorrer otras geografías del espíritu, el mapa se complica.
Pienso en Don Quijote, novela monumental. Sí, es trágica en su núcleo: el choque entre el ideal y lo real. Pero también es una comedia genial y profundamente compasiva. Su grandeza reside precisamente en esa fusión, en la risa que se torna ternura y en la ternura que no niega lo ridículo. ¿Y qué decir de las novelas de Jane Austen? No son tragedias, son agudas comedias sociales, y su grandeza está en la inteligencia con que cartografían el corazón humano dentro de sus confines, encontrando, no la catástrofe, sino la posibilidad de la lucidez y el amor en un mundo estrecho.

Voy más allá. La pintura de Matisse no es trágica; es un canto al color, a la luz, a una armonía sensual que es también una forma de resistencia. La música de Vivaldi no habla del abismo, celebra el movimiento vital del mundo. ¿Son por ello menos "grandes"? Quizá su grandeza sea recordarnos que la existencia, además de trágica, es también prodigiosamente bella, y que celebrar esa belleza no es frivolidad, sino otra forma de verdad.
Y aquí llego al contraste más profundo con la vida. El arte, incluso el más trágico, da forma. La tragedia en una novela o una sinfonía tiene principio, desarrollo y fin. Tiene un sentido (aunque sea el sentido de lo absurdo). La vida, en cambio, es desordenada, fragmentaria y, a menudo, su tragedia es banal, muda, carente de catarsis. El arte toma el caos de la existencia y lo ordena en un objeto que puede ser contemplado, y en ese acto hay ya un consuelo, una victoria pírrica sobre el puro dolor.

La tesis de Sábato es poderosa y necesaria. Nos protege del arte decorativo, del escapismo banal. Nos exige mirar de frente al misterio del sufrimiento. Pero resulta incompleta. Porque si la existencia es sólo trágica, ¿de dónde surge el impulso mismo de crear belleza? Ese impulso es, en sí, un destello de afirmación.
Tal vez la gran obra de arte no es solo la que refleja la tragedia de la existencia, sino la que, al hacerlo, la trasciende por el mero hecho de convertirla en algo compartido, comprensible y, a veces, incluso hermoso. Nos muestra el abismo, sí, pero desde el firme terreno de un testimonio de humanidad. Y a veces, en raros milagros, nos muestra no el abismo, sino la rama que florece tenazmente en su borde.

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𝐋𝐢𝐟𝐞, 𝐀𝐫𝐭 𝐚𝐧𝐝 𝐓𝐫𝐚𝐠𝐞𝐝𝐢𝐞𝐬|𝐀𝐫𝐭𝐢𝐜𝐥𝐞 (𝐄𝐒𝐏/𝐄𝐍𝐆
I recently watched an old interview with Ernesto Sabato where he stated: "Every great novel is a tragedy, every great work of art is, obviously tragic because existence is tragic." And I spent several days thinking about that. About great novels. About life. About tragedies.
That phrase of Sábato's resonated within me like a bell tolling in the silence. "Every great novel is a tragedy… because existence is tragic." For days, I stared at my bookshelves, and yes, I saw the parade of the damned: the tormented Raskolnikov, Anna Karenina under the wheels, the last Buendía facing the winds of history. He seemed to be right. Great art, the kind that endures, seems to be born from a wound that never heals, from the lucid and atrocious awareness of our limitations: death, time, irremediable solitude.
Painting confirms it. Isn't tragedy present in Rembrandt's light, illuminating faces etched with weariness and pity, or in Goya's executions, where human brutality is displayed unmasked? Music: Mozart's Requiem, the adagio from Mahler's Ninth Symphony. They are echoes of an abyss we sense. Sábato gets to the heart of the matter: serious art doesn't shy away from the inherent pain of being alive. It embraces it, grapples with it, and in doing so, dignifies us. It tells us: "You are not alone in your perception of failure."
But this is where my reflection, after the initial spell, began to rebel. Is every great work truly inherently tragic? As I explore other realms of the spirit, the map becomes more complex.
I think of Don Quixote, a monumental novel. Yes, it is tragic at its core: the clash between the ideal and reality. But it is also a brilliant and profoundly compassionate comedy. Its greatness lies precisely in that fusion, in the laughter that turns to tenderness and in the tenderness that doesn't deny the absurd. And what about Jane Austen's novels? They are not tragedies, they are sharp social comedies, and their greatness lies in the intelligence with which they map the human heart within its confines, finding not catastrophe, but the possibility of lucidity and love in a narrow world.

I go further. Matisse's painting is not tragic; It is a hymn to color, to light, to a sensual harmony that is also a form of resistance. Vivaldi's music doesn't speak of the abyss; it celebrates the vital movement of the world. Are they therefore any less "great"? Perhaps their greatness lies in reminding us that existence, besides being tragic, is also wondrously beautiful, and that celebrating this beauty is not frivolity, but another form of truth.
And here I arrive at the most profound contrast with life. Art, even the most tragic, gives form. Tragedy in a novel or a symphony has a beginning, a middle, and an end. It has meaning (even if it is the meaning of the absurd). Life, on the other hand, is disordered, fragmented, and often its tragedy is banal, mute, devoid of catharsis. Art takes the chaos of existence and orders it into an object that can be contemplated, and in that act there is already a consolation, a Pyrrhic victory over pure pain.

Sábato's thesis is powerful and necessary. It protects us from decorative art, from banal escapism. It demands that we look squarely at the mystery of suffering. But it is incomplete. Because if existence is only tragic, where does the very impulse to create beauty come from? That impulse is, in itself, a spark of affirmation.
Perhaps the greatest work of art is not only that which reflects the tragedy of existence, but that which, in doing so, transcends it by the mere fact of making it something shared, understandable, and sometimes even beautiful. It shows us the abyss, yes, but from the firm ground of a testament to humanity. And sometimes, in rare miracles, it shows us not the abyss, but the branch that tenaciously blossoms on its edge.

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Hace unos minutos leía yo una reciente publicación de @marabuzal donde planteaba que toda gran obra de arte oscila entre la tragedia y la belleza. Esa reflexión me recordó inmediatamente a Heidegger y su idea de que cada ser tiene su propia forma de estar en el mundo, su Dasein, su modo de habitar la existencia.
Y aquí es donde mi reflexión con 'el hechizo inicial' se enlaza con esa perspectiva: el arte no es únicamente trágico o festivo, sino que refleja la manera en que cada ser se sitúa en el mundo. El estar arrojado, limitado por la muerte, pero también abierto a la posibilidad de la creación y la celebración. La tragedia que Sábato subraya es una forma de estar en el mundo, marcada por la conciencia de la finitud. Pero la alegría de Matisse o la vitalidad de Vivaldi son también modos de existencia, formas de habitar el mundo desde la luz, el color, el movimiento.
En este sentido, la grandeza de una obra no se mide solo por su capacidad de mostrar el dolor, sino por su fidelidad a la manera en que el ser humano se experimenta en su estar-en-el-mundo. El Quijote es grande porque encarna la tensión entre el ideal y lo real; Austen porque revela la sutileza de la convivencia; Rembrandt porque ilumina la fragilidad; Vivaldi porque celebra el pulso vital. Cada uno es testimonio de un modo de ser.
Así, la tesis de Sábato se enriquece con Heidegger: la existencia es trágica, sí, pero también es múltiple, abierta, y el arte grande es aquel que logra dar forma a esa pluralidad de modos de estar en el mundo. La tragedia, la comedia, la celebración: todas son expresiones de nuestro Dasein, todas son maneras de decir que estamos aquí, en medio del tiempo y de la finitud, buscando el sentido, buscando el modo de divisarlo como "una flor que se abre en su borde".
Saludos @psicologopoeta
Heidegger nos permite ver más allá de la dicotomía trágico/bello. En efecto, cada Dasein, cada "ser-ahí", habita la existencia con una tonalidad singular. La finitud nos arroja al mundo, cierto, pero esa apertura al ser es justamente el espacio donde se despliega el abanico de posibilidades humanas.
La grandeza del arte no reside, entonces, en privilegiar un polo, sino en su fidelidad radical a una experiencia concreta de estar-en-el-mundo. Cada obra mayor testimonia, con rigor y profundidad, un modo específico de lidiar con el misterio de existir en el tiempo, entre el límite y la apertura. La comedia de Austen o el claroscuro de Rembrandt no son menos "serias" que la tragedia: son otras formas de verdad existencial, otros modos de desplegar el cuidado por el mundo.
La auténtica obra de arte, fiel a su época y a su autor, logra fijar un fragmento de esa multiforme verdad del Dasein.
La creación obviamente caro amigo se convierte en un claro en el bosque del ser, donde, por un instante, vislumbramos esa flor que se abre justo en su borde incierto.
Agradezco enormemente tu comentario que me ha permitido redondear la idea de mi publicación.
Un abrazo! ✍️
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