Alexander Hang. Historias de Lobo City / Alexander Hang. Lobo City's stories

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Alexander Hang. Historias de Lobo City

I. El artista

El edificio "Olmos" no era más que una pústula de hormigón y ladrillo visto que supuraba miseria en el corazón del barrio “Las Flores”, donde la esperanza se había suicidado hacía décadas. En el apartamento 4B, el aire era una sopa espesa de incienso barato, el olor dulzón penetrante del cannabis de baja calidad y el aroma rancio de la falta de higiene personal. Alexander Hang, un hombre de treinta y cuatro años cuya piel tenía el color de la cera vieja y cuyos ojos eran dos pozos de dopamina agotada, se encorvaba sobre su tableta digital.

Su "arte" era una burla a la estética: figuras eróticas deformes, anatomías imposibles y colores chillones destinados a satisfacer los fetiches más oscuros de clientes anónimos que pagaban con criptomonedas manchadas de sangre. Alexander era un adicto, no solo a la hierba y a las pastillas que vendía en pequeñas bolsas de polietileno a los adolescentes del sector, sino a la estimulación visual constante. Su cerebro era un motor quemado por el contenido explícito que consumía dieciocho horas al día. El mundo real, para él, era una interferencia molesta entre su pantalla y sus orgasmos solitarios.

Sin embargo, ese día, la realidad le había enviado un regalo. A través de un foro de empleo para modelos de dudosa reputación, Alexander había contactado a Sani. Las fotos de perfil mostraban a una mujer de rasgos asiáticos, con una mirada que parecía esconder milenios de sabiduría pecaminosa y un cuerpo que desafiaba las leyes de la biología.

—Solo un dibujo, Sani —había escrito él, con los dedos temblorosos—. Un estudio anatómico serio. Paga en efectivo. Sin complicaciones.

Mentira. Alexander no buscaba arte; buscaba una presa para su teatro de perversión.

II. El Estudio

Alexander se movió por el apartamento con una energía maníaca. Apartó las cajas de pizza con moho, las botellas de cerveza vacías y los restos de parafernalia de drogas bajo la cama. En una habitación secundaria, montó lo que él llamaba su "estudio". Colocó un caballete polvoriento, con un lienzo en blanco que había robado de una tienda de arte y dispuso unas cuantas pinturas secas para dar la ilusión de profesionalismo. El centro de la escena lo ocupaba un diván de terciopelo verde, raído y manchado, que parecía haber sido rescatado de un burdel incendiado.

Un chirrido metálico desgarró el silencio del apartamento, era el timbre eléctrico. El corazón de Alexander martilleó contra sus costillas como un animal enjaulado. Abrió la puerta.
Sani era más hermosa de lo que las fotos sugerían, con una belleza que rozaba lo sobrenatural y lo inquietante. Su piel era de un tono porcelana fría, casi translúcida, y su cabello rubio y liso caía como una cascada de oro hasta su cintura. Llevaba un abrigo largo que ocultaba su figura.

—Pasa, pasa. No te quedes ahí, el barrio es... peligroso —dijo él, con una risa nerviosa que delataba su excitación.

Ella entró sin decir palabra, su presencia llenando instantáneamente el espacio con un aroma que no era perfume, sino algo parecido al sándalo y a la tierra mojada de un cementerio. Alexander cerró la puerta de la entrada y con disimulo pasó el seguro, luego en un intento de torpe amabilidad tomó el abrigo y lo colgó en un perchero destartalado. Liberada de la pesada prenda, Sani dejó ver su vestido de seda roja, tan corto y ceñido que parecía una segunda piel, resaltando cada curva de su cuerpo espectacular. Los ojos de Alexander casi se salen de su cabeza, casi sin poder disimular.

—¿Quieres algo de beber? —preguntó Alexander, devorándola con la mirada—. ¿Vino? ¿Algo más fuerte?

—No —respondió ella. Su voz era un susurro gélido que vibró en la base del cráneo de Alexander—. Solo vine por el trabajo. Y por la paga.

—Claro, claro. Eres... eres magnífica —balbuceó él, guiándola hacia el estudio—. Mira, tengo algo de hierba de la buena, y unas pastillas azules que te harán sentir en las nubes. Ayudan a relajarse para las poses.

—No necesito muletas químicas, Alexander —dijo ella, pronunciando su nombre como si fuera una sentencia.

III. El proceso artístico

Una vez en el estudio, la atmósfera comenzó a espesarse. Alexander encendió un cigarro, exhalando una nube de humo grisáceo que, inexplicablemente, empezó a arremolinarse en formas caprichosas. Él no dejaba de alabar su belleza y su porte, palabras vacías que se perdían ante la frialdad de Sani, que caminaba lentamente observando las paredes, estudiando con mirada despectiva las obras y garabatos de Hang allí colgadas.

Ante la nulidad de respuesta, Hang tomó la iniciativa, se colocó detrás del caballete y comenzó a organizar la pantomima de la pintura.

—Quiero hacer unos desnudos artísticos —dijo él, su voz volviéndose más audaz bajo el influjo del deseo—. Algo puro.

Sani no dudó. Con un movimiento fluido y carente de modestia, llevó sus manos a los tirantes del vestido. La prenda resbaló por su cuerpo como piel de serpiente mudada, cayendo al suelo con un suave siseo. Bajo la luz amarillenta de la bombilla desnuda, se reveló que Sani no llevaba absolutamente nada más. Su desnudez era absoluta, un monumento de carne perfecta que hizo que Alexander sudara frío. Tragó fuerte para que no le temblara la voz.

—En el mueble —ordenó él, su mano apretando con fuerza el carboncillo.

Sani se tumbó en el diván de terciopelo. Elevó una pierna sobre el espaldar, dejando que su rodilla cayera hacia un lado en una pose de una vulnerabilidad fingida y una lascivia agresiva. Sus ojos, ahora más oscuros que antes, se clavaron en los de él.
—¿Te gusta así, Alexander? —preguntó ella, con una sonrisa que mostraba unos dientes demasiado blancos, demasiado afilados—. ¿Algo sucio?

—Sí... —respondió él, su respiración volviéndose un jadeo—. Algo… sucio… muy sucio.

En ese instante, mientras Hang hacía trazos incoherentes, el mundo exterior dejó de existir. El reloj de pared se detuvo, y la luz de la habitación sufrió una transmutación alquímica. El amarillo mortecino se convirtió lentamente en un rojo carmesí profundo, mezclado con destellos de un naranja volcánico. El humo del cigarro no se disipaba; se convertía en una neblina densa que parecía cobrar vida propia, reptando por las paredes como dedos espectrales.

Una música de frecuencia bajísima, un zumbido rítmico que recordaba a los cánticos de una misa negra sumeria, comenzó a brotar de las esquinas de la habitación. No había radio, no había altavoces. Era el sonido de la realidad rompiéndose.

IV. La carne

Sani comenzó a moverse sobre el mueble. No eran poses de una modelo común; eran contorsiones que desafiaban la estructura ósea humana. Sus articulaciones crujían con la melodía de un bosque rompiéndose bajo una tormenta. Sus posturas cada vez más audaces, solo podían invitar al erotismo y a la perversión.

Alexander no pudo resistirse más, esclavizado por el deseo, abandonó el lienzo y las pinturas. El arte era una mentira. La carne era la única verdad. Hambre de carne.

Se acercó a ella, y al hacerlo, la luz comenzó a parpadear con la intensidad de una discoteca estroboscópica en las profundidades del Hades. En cada destello de oscuridad, Alexander veía sombras que no deberían estar allí: figuras encapuchadas con siniestros ojos pero sin rostro, siluetas que observaban desde cada rincón, espectros de antiguos libertinos aplaudiendo en un silencio sepulcral.

Cuando Alexander puso su mano sobre la piel de Sani, una sensación de placer y dolor recorrió sus nervios. Ella se puso en pie y se dejó acariciar. Un torrente eléctrico le erizaban toda la piel. Sani le cubrió los ojos, y Hang pudo sentir su aliento muy cerca de los labios. Entonces sintió como alguien a sus espaldas le despojaba de su camisa. Cuando sobresaltado abrió los ojos y se viró… había otra… otra Sani detrás de él.

Dos mujeres idénticas, con la misma mirada depredadora, lo rodeaban. Una besaba su cuello con labios que quemaban como el hielo seco, mientras la otra acariciaba su pecho con uñas largas que dejaban surcos rojos. Alexander gimió, intentando comprender, inmerso en una mezcla de terror y éxtasis puro que evitaban que pudiera razonar. Quizo zafarse pero sus manos solo respondían a un deseo lujurioso, tocando cuanta carne podían. Solo parpadeo un momento y allí estaba, una tercera mujer, idéntica, fantástica, diabólica, y luego cuatro, cinco, Sani se multiplicaba al ritmo de crecimiento de su excitación.

La habitación se convirtió en un laberinto de extremidades pálidas y cabello rubio, una mezcla de saliva, dolor, lujuria, piel. Extraños símbolos arcanos empezaron a arder en las paredes y en el techo con un fuego azulado. Alexander cayó sobre el mueble, sumergido en un océano de carne femenina que lo devoraba.

Los rostros de Sani se mostraban en distintas formas, seductora, hambrienta, temerosa, lucifer, pornstar. Sus ojos se volvieron pozos de fuego negro, y sus lenguas, bífidas y prensiles, exploraban los orificios de Alexander con una curiosidad científica y cruel. No era un acto de amor, ni siquiera de simple lujuria humana; era un proceso de extracción astral y… carnal. Sani multiplicada se alimentaba de la energía vital de Hang.

Él veía, en el clímax de su locura onírica, cómo su propia piel se marchitaba mientras las mujeres que lo poseían brillaban con una vitalidad renovada. Los espectros en las sombras se acercaron, extendiendo sus manos transparentes para tocar el festín. Alexander Hang sonrió, totalmente entregado al gozo y a la locura, mientras su alma era succionada a través de un vórtice de placer satánico.

NOTA DE PRENSA: HALLAZGO MACABRO EN "LAS FLORES"

LOBO CITY, 9 DE ENERO. — Agentes de la policía estatal descubrieron la tarde de ayer el cadáver de Alexander Hang, de 34 años, en el interior de su domicilio en el populoso barrio LAS FLORES al sureste de la ciudad. Las autoridades preliminarmente señalaron un posible deceso por sobredosis de sustancias ilícitas, debido a distintos tipos de estupefacientes hallados en el lugar. Sin embargo, los detalles forenses han desconcertado a los investigadores.

El cuerpo de Hang presentaba un estado de emaciación extrema, como si hubiera sido "vaciado" desde el interior, con un aspecto cadavérico y la piel pegada a los huesos. Sin embargo, lo más perturbador para los peritos fueron las numerosas marcas de mordiscos humanos distribuidas por todo su torso y extremidades, así como una expresión facial fija: una perturbadora expresión de felicidad absoluta que el rigor mortis no pudo borrar. En las paredes del apartamento, los agentes informaron sobre "manchas de humedad" con formas geométricas extrañas que, según algunos oficiales, parecían emitir un débil resplandor bajo la luz ultravioleta, lo que añade la teoría de un asesinato o sacrifico por una secta satánica. La investigación del caso se encuentra abierta…

Fin

Mostrorobot
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ENGLISH VERSION



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Alexander Hang. Lobo City's stories

I. The Artist

The "Olmos" building was nothing more than a pustule of concrete and exposed brick, oozing misery in the heart of the "Las Flores" neighborhood, where hope had committed suicide decades ago. In Apartment 4B, the air was a thick soup of cheap incense, the pungent sweet stench of low-grade cannabis, and the stale aroma of poor personal hygiene. Alexander Hang, a thirty-four-year-old man whose skin was the color of old wax and whose eyes were two wells of depleted dopamine, hunched over his digital tablet.

His "art" was a mockery of aesthetics: deformed erotic figures, impossible anatomies, and gaudy colors intended to satisfy the darkest fetishes of anonymous clients who paid with blood-stained cryptocurrency. Alexander was an addict—not just to the weed and the pills he sold in small polyethylene bags to local teenagers, but to constant visual stimulation. His brain was an engine burned out by the explicit content he consumed eighteen hours a day. To him, the real world was a bothersome interference between his screen and his solitary orgasms.

However, that day, reality had sent him a gift. Through a job forum for models of dubious reputation, Alexander had contacted Sani. Her profile pictures showed a woman of Asian features, with a gaze that seemed to hide millennia of sinful wisdom and a body that defied the laws of biology.

"Just one drawing, Sani," he had written, his fingers trembling. "A serious anatomical study. Cash payment. No complications."

A lie. Alexander wasn't looking for art; he was looking for prey for his theater of perversion.

II. The Studio

Alexander moved through the apartment with manic energy. He pushed aside moldy pizza boxes, empty beer bottles, and the remains of drug paraphernalia under the bed. In a spare room, he set up what he called his "studio." He placed a dusty easel with a blank canvas he had stolen from an art supply store and arranged a few dried paints to give the illusion of professionalism. The center of the scene was occupied by a green velvet divan, frayed and stained, which looked as though it had been rescued from a burned-down brothel.

A metallic screech tore through the silence of the apartment—the electric buzzer. Alexander’s heart hammered against his ribs like a caged animal. He opened the door. Sani was more beautiful than the photos suggested, with a beauty that bordered on the supernatural and the unsettling. Her skin was a cold porcelain tone, almost translucent, and her straight blonde hair fell like a golden waterfall to her waist. She wore a long coat that concealed her figure.

"Come in, come in. Don't stand there, the neighborhood is... dangerous," he said, with a nervous laugh that betrayed his excitement.

She entered without a word, her presence instantly filling the space with a scent that wasn't perfume, but something akin to sandalwood and the damp earth of a cemetery. Alexander closed the entrance door and discreetly engaged the bolt; then, in an attempt at clumsy kindness, he took her coat and hung it on a ramshackle rack. Freed from the heavy garment, Sani revealed a red silk dress, so short and tight it looked like a second skin, highlighting every curve of her spectacular body. Alexander’s eyes nearly popped out of his head, barely able to hide his reaction.

"Do you want something to drink?" Alexander asked, devouring her with his eyes. "Wine? Something stronger?"

"No," she replied. Her voice was a frigid whisper that vibrated at the base of Alexander’s skull. "I only came for the work. And for the pay."

"Right, right. You’re... you’re magnificent," he stammered, guiding her toward the studio. "Look, I have some good weed, and some blue pills that will make you feel like you're in the clouds. They help with relaxing for the poses."

"I don't need chemical crutches, Alexander," she said, pronouncing his name as if it were a sentence.

III. The Artistic Process

Once in the studio, the atmosphere began to thicken. Alexander lit a cigarette, exhaling a cloud of grayish smoke that, inexplicably, began to swirl in whimsical shapes. He didn't stop praising her beauty and her poise—empty words that were lost against Sani’s coldness as she walked slowly, observing the walls, studying the works and scribbles Hang had hung there with a contemptuous gaze.

Faced with her lack of response, Hang took the initiative, stepped behind the easel, and began to arrange the pantomime of painting.

"I want to do some artistic nudes," he said, his voice becoming bolder under the influence of desire. "Something pure."

Sani did not hesitate. With a fluid movement devoid of modesty, she reached for the straps of her dress. The garment slid down her body like shed snakeskin, hitting the floor with a soft hiss. Under the yellowish light of the naked bulb, it was revealed that Sani wore absolutely nothing else. Her nakedness was absolute, a monument of perfect flesh that made Alexander break out in a cold sweat. He swallowed hard to keep his voice from trembling.

"On the furniture," he ordered, his hand gripping the charcoal tightly.

Sani lay down on the velvet divan. She raised one leg over the backrest, letting her knee fall to the side in a pose of feigned vulnerability and aggressive lasciviousness. Her eyes, now darker than before, locked onto his. "Do you like it like this, Alexander?" she asked, with a smile that showed teeth that were too white, too sharp. "Something dirty?"

"Yes..." he replied, his breathing turning into a gasp. "Something... dirty... very dirty."

In that instant, while Hang made incoherent strokes, the outside world ceased to exist. The wall clock stopped, and the light in the room underwent an alchemical transmutation. The deathly yellow slowly turned into a deep crimson, mixed with flashes of volcanic orange. The cigarette smoke did not dissipate; it became a dense mist that seemed to take on a life of its own, crawling up the walls like spectral fingers.

A very low-frequency music—a rhythmic hum reminiscent of the chants of a Sumerian black mass—began to sprout from the corners of the room. There was no radio, no speakers. It was the sound of reality breaking.

IV. The Flesh

Sani began to move on the furniture. These were not the poses of an ordinary model; they were contortions that defied human bone structure. Her joints creaked with the melody of a forest breaking under a storm. Her increasingly bold postures could only invite eroticism and perversion.

Alexander could no longer resist; enslaved by desire, he abandoned the canvas and the paints. Art was a lie. Flesh was the only truth. A hunger for flesh.

He approached her, and as he did, the light began to flicker with the intensity of a strobe light in the depths of Hades. In every flash of darkness, Alexander saw shadows that shouldn't be there: hooded figures with sinister eyes but no faces, silhouettes watching from every corner, specters of ancient libertines applauding in sepulchral silence.

When Alexander placed his hand on Sani's skin, a sensation of pleasure and pain surged through his nerves. She stood up and allowed herself to be caressed. An electric torrent made his skin crawl. Sani covered his eyes, and Hang could feel her breath very close to his lips. Then he felt someone behind him stripping him of his shirt. When he opened his eyes in startle and turned... there was another... another Sani behind him.

Two identical women, with the same predatory gaze, surrounded him. One kissed his neck with lips that burned like dry ice, while the other caressed his chest with long nails that left red furrows. Alexander moaned, trying to understand, immersed in a mixture of terror and pure ecstasy that prevented him from reasoning. He tried to pull away, but his hands only responded to a lustful desire, touching as much flesh as they could. He blinked for just a moment and there she was—a third woman, identical, fantastic, diabolical—and then four, five; Sani multiplied at the same rate his excitement grew.

The room became a labyrinth of pale limbs and blonde hair—a mixture of saliva, pain, lust, and skin. Strange arcane symbols began to burn on the walls and ceiling with a bluish fire. Alexander fell onto the furniture, submerged in an ocean of female flesh that was devouring him.

Sani's faces appeared in different forms: seductive, hungry, fearful, Lucifer, pornstar. Her eyes became pits of black fire, and her tongues, bifid and prehensile, explored Alexander’s orifices with scientific and cruel curiosity. It was not an act of love, nor even of simple human lust; it was a process of astral and... carnal extraction. Sani multiplied, feeding on Hang's vital energy.

In the climax of his dreamlike madness, he saw his own skin wither while the women possessing him glowed with renewed vitality. The specters in the shadows drew closer, stretching out their transparent hands to touch the feast. Alexander Hang smiled, totally surrendered to joy and madness, as his soul was sucked through a vortex of satanic pleasure.

PRESS NOTE: GRUESOME DISCOVERY IN "LAS FLORES"
LOBO CITY, JANUARY 9. — State police officers discovered the body of Alexander Hang, 34, yesterday afternoon inside his home in the populous LAS FLORES neighborhood in the city's southeast. Authorities initially pointed to a possible death by drug overdose, due to various types of illicit substances found at the scene. However, forensic details have baffled investigators.

Hang's body exhibited a state of extreme emaciation, as if he had been "emptied" from the inside, with a cadaverous appearance and skin clinging to the bones. However, what was most disturbing to the experts were the numerous human bite marks distributed across his torso and limbs, as well as a fixed facial expression: a disturbing look of absolute happiness that rigor mortis could not erase. On the walls of the apartment, officers reported "damp stains" with strange geometric shapes that, according to some officials, seemed to emit a faint glow under ultraviolet light, adding to the theory of a murder or sacrifice by a satanic cult. The investigation remains open...

The End

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6 comments

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Una magnífica historia relatada con dominio de la tensión, haciendo uso de extraños personajes que lindan entre lo escatológico y lo siniestro, con un cierre efectivo poco usual. Saludos, @mostrorobot.

Tu post ha sido votado por @hispapro y curado manualmente por @josemalavem.

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Super Super graciasssss @hispapro.amb
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(edited)

Es un relato bastante perturbador de lo que parece el ataque de una súcubo. Y engancha bastante la manera en que está contado.

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super thanksss

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Una historia totalmente perturbadora a la vez que espectacular, los detalles son increíbles!!! Todas esas mujeres o quien sabe espectros succionando el alma de Hang y sobre todo me encantó la parte final, el informe de la policía, sobre como encontraron el cuerpo. Que peligrosa la lujuria que mezclada con terror hace una combinación fatal. Excelente historia!!🤗

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buenísimo que te ha gustado @avdesing yeah! 😎👍

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Gracias siempre, tenés un modo de redacción único! 🤗

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Saludos @la-colmena . Gracias por el apoyo!! Votado @curie !!!

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Al menos murio feliz jajaja o eso creo 😂 el ser humano puede ser muy debil ante sus impulsos, de tan bien que la estaba pasando ni cuenta se dio de que se lo estaban llevando para el otro lado jaja

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