Los quince minutos

Era una hora cualquiera que no recuerdo cuando abrí su mensaje. A veces él escribía con pausas demasiado largas, como quien mide las palabras que le quedan, y yo siempre tengo las notificaciones desactivadas.

Envió una foto. Era un cuaderno viejo, con la tapa rota, las páginas amarillentas y una mancha de vino en la esquina. Lo reconocí al instante. Era el cuaderno que le regalé el día que se fue, hace seis años. En la primera página le escribí: Para que cuentes todo lo que yo no voy a ver.

—Lo he estado llenando —dijo—. Pero hay una página en blanco. La última. Quiero que la escribas tú. Ahora. En quince minutos.

Me quedé mirando la foto. El cuaderno abierto en una mesa de madera despostillada, al lado de una ventana que daba a un patio con un limonero raquítico. Podía oler ese patio desde aquí, a 5914 kilómetros. Podía sentir el polvo de la carretera, el ruido de los vecinos, la luz amarilla de las cuatro de la tarde que siempre le daba a las páginas.

—¿Sobre qué escribo? —pregunté.

—Sobre lo que no me dijiste antes de que me fuera.

Y entonces entendí. Era una invitación a escribir lo que se me quedó atravesado en la garganta aquella mañana en el aeropuerto, cuando lo abracé y le dije "cuídate" en lugar de lo que realmente quería decir.

Me puse el cronómetro. Quince minutos. Escribí:

No te dije que me daba miedo que encontraras a alguien más. No te dije que lloré una semana entera. No te he dicho que cada vez que veo un avión en el cielo pienso si ese es el que te trae de vuelta. Ni que sigo queriendo saber cómo te sabe el café allí, si es más amargo que el nuestro, si has aprendido a hacerlo con leña o si ya te acostumbraste a las cápsulas de plástico. No te dije que el cuaderno que te regalé era en realidad para mí. No te dije que te quiero. Eso no te lo dije.

Envié el mensaje. Pasaron tres minutos. Luego cinco. Luego una hora.

En la foto que llegó después, el cuaderno ya no estaba sobre la mesa. Estaba en su regazo, cerrado.

La vida a veces se mide en palabras que se dijeron tarde, pero se dijeron. La página ahora estaba llena de mi letra torpe, apresurada, verdadera.


© Enrique Yecier

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