Andrea encadenada

Amigos de #Literatos dejo aquí mi participación simbólica al concurso del mes de agosto.


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Andrea encadenada

El páramo, vasto y silencioso, recibió su primer llanto y le devolvió un suspiro helado, una fría caricia de Eolo, silbando entre los frailejones. En la ladera, la madre, como una Sibila que lee en el viento, descifró detrás del aroma dulzón de la flor un mensaje adverso, un tul de tristeza pasó por sus ojos. Un presagio fugaz, como una profecía no dicha se posó sobre su corazón.

Ella creció bajo la mirada firme de la montaña, ascendiendo y descendiendo callejuelas empinadas, desafiando la pesada gravedad de la tierra y la gravedad muda del huraño padre—un Atlas cargando el peso de su desdén—en el frágil equilibro entre la inocencia pura y el impulso salvaje de los juegos premonitorios de la niñez.

Los susurros entre los padres, ecos, como voces de las Moiras, presagiaban tormentas y borrascas que marcarían su destino. La realidad cayó, implacable, con la partida definitiva del padre. Los días fluyeron como los ríos de lágrimas que alimentaron y sedimentaron un deseo perpetuo, un anhelo que escapaba a su alcance de niña.

Pronto partió, convertida en la fresca y hermosa mujer-niña de alguien, una Andrómeda encadenada pero aún soñante, una niña sufriente cuyo corazón albergaba el anhelo inextinguible de un padre amable y permanente. ¿Quién era su guardián en esa vastedad? Los impulsos infantiles quedaron relegados, juguetes olvidados en el sótano oscuro del alma.

Ser la mujer de alguien mitigó el hambre de su casa originaria, la vida continuó: obediencia, respeto, compromisos, orden, metas, cual mandamientos grabados en piedra por Hermes mismo. Consciente del largo viaje, forjó una coraza dura y hierática, un armamento invisible que la sostuvo erguida, donde la niña interior pudo seguir llorando en silencio, deseando sin tregua.

Fue madre adolescente y quiso regresar al regazo materno, más la obediencia, severa diosa de su existencia, lo impidió. Con ternura, resignación y dolor cargó en sus brazos a su propia hija. Entre promesas rotas emprendió, aunque herida, el sendero para convertirse en mujer, una heroína que desafía.

Ahora se sienta frente al espejo, ese Oráculo moderno, y le suplica que la ayude a recordar su cobardía, sus temores ocultos. La culpa la abraza como una sombra indeseada: mala, controladora, insolente, ingrata, demasiado vieja quizá para soñar. Adentro, tras el reflejo, habitan una niña vulnerable, una joven traicionada, una esposa burlada, una romántica incansable—personajes eternos que claman, que comienzan a surgir, reclamando su historia y su derecho a sentir lo que está sintiendo.


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Imagen contruida utilizando Oreate ia

@gracielaacevedo

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