Cordial saludo para todos los miembros de esta comunidad, también para quienes se encuentren de paso.
Cuando observamos el panorama internacional, nos damos cuenta de que Cuba parece empeñada en nadar contra la corriente, en el mundo las transacciones con efectivo siguen en caída libre, estimaciones dan fe que en 2026 las operaciones globales con dinero en mano estarán por debajo del 10%. En América Latina los pagos digitales van en aumento, con países como Brasil encabezando la transición. El mundo se mueve hacia la consolidación de las billeteras digitales y los pagos instantáneos, pero en Cuba, paradójicamente parece que nos empeñamos en atesorar el efectivo, en esa manía nacional de ir contracorriente como salmones.
Los tiempos en la cola del banco no alcanzan para rodeos, la cacareada "Bancarización" en Cuba, se vendió como uno de los caminos hacia la modernidad financiera, cual pasaporte del siglo XXI. En teoría la idea parece ser buena, pagar con un clic, olvidarse del efectivo y que todo sea más ágil, pero la realidad que se vive al poner un pie en la calle, se parece más a una larga y frustrante carrera de obstáculos, donde parece que alguien movió todas las vallas; cuentapropistas que cobran un 20% más por aceptar pagos electrónicos, o directamente dicen "solo efectivo"... La práctica es una especie de caos, las largas colas en los cajeros automáticos, y entidades bancarias, que cada vez funcionan peor, y la dificultad para obtener efectivo se han convertido en un calvario diario para millones de cubanos, es una lucha agotadora y estresante solo para acceder al propio salario.
El Banco Central de Cuba "impulsa" este proceso para que se usen canales electrónicos en lugar del efectivo, se aprobaron decretos que multan a los negocios que no acepten transferencias, las normativas cubanas son claras: el pago electrónico es obligatorio, incluyendo Mipymes y trabajadores por cuenta propia; sin embargo lo que se encuentra en el día a día es como una "anarquía comercial". Son innumerables las quejas y reproches de negocios donde el código QR es un adorno más, los pagos a través de las pasarelas de pago EnZona o Transfermóvil son una excepción y el efectivo sigue campeando por su respeto. Comerciantes y negociantes lo justifican, argumentando en medio del desorden: si reciben dinero electrónico, luego no pueden retirar el efectivo del banco para pagar a sus proveedores informales o sus propios gastos, el circuito se rompe y ante esa presión, la ley se doblega.
Warm greetings to all members of this community, and also to those who are just passing through.
When we look at the international landscape, we realize that Cuba seems determined to swim against the current. Around the world, cash transactions continue to plummet; estimates indicate that by 2026, global hand-to-hand cash operations will fall below 10%. In Latin America, digital payments are on the rise, with countries like Brazil leading the transition. The world is moving toward the consolidation of digital wallets and instant payments, yet paradoxically, in Cuba we seem intent on hoarding cash, caught up in this national obsession of going against the tide like salmon.
The time spent in bank lines leaves no room for detours. The much-touted "bankarization" in Cuba was sold as a pathway to financial modernity—a sort 21st-century passport. In theory, the idea seems good: pay with a click, forget about cash, and make everything more agile. But the reality you encounter once you set foot on the street feels more like a long, frustrating obstacle course where someone has moved all the hurdles. Self-employed workers charge an extra 20% for accepting electronic payments, or they simply say "cash only." In practice, it's a kind of chaos. Long lines at ATMs and bank branches—which function worse and worse—and the difficulty of obtaining cash have become a daily ordeal for millions of Cubans. It's an exhausting, stressful struggle just to access your own salary.
Cuba's Central Bank is "promoting" this process to encourage electronic channels over cash. Decrees have been passed fining businesses that refuse to accept transfers. Cuban regulations are clear: electronic payment is mandatory, including for MSMEs and self-employed workers. Yet what you find day to day is a sort of "commercial anarchy." Countless complaints and grievances come from businesses where the QR code is just another decoration, payments through the EnZona or Transfermóvil gateways are the exception, and cash continues to reign supreme. Merchants and traders justify this amid the chaos, arguing: if they receive electronic money, they later can't withdraw cash from the bank to pay their informal suppliers or cover their own expenses. The circuit breaks, and under that pressure, the law bends.

La resistencia del sector privado agrava la escasez de efectivo, contribuyen al acaparamiento de los billetes en circulación. Al mismo tiempo la banca estatal por falta de liquidez y logística eficiente, no es capaz de abastecer oportunamente cajeros automáticos y sucursales bancarias, el resultado es un círculo vicioso, donde la gente no puede sacar su dinero del banco para gastarlo, quedándose literalmente con el dinero en una cuenta que no pueden usar, y la medida que busca sofocar la economía informal, termina asfixiando al ciudadano de a pie y fortaleciendo el mercado negro.
El contexto inflacionario en el que transcurren estas cuestiones -tasa interanual se acerca al 15%-, cada mes que pasa, los precios se comen un poco más el salario, es caldo de cultivo para que los actores económicos, sobre todo del sector privado, se aferren al efectivo como un activo que se deprecia menos rápido que el dinero digital, o como herramienta para operar en un mercado informal donde los precios se escapan de todo control. El cuadro no estaría completo sin mencionar la infraestructura tecnológica, para que el dinero electrónico funcione, necesita cosas fundamentales: electricidad, cobertura móvil, conexión a internet u otras redes afines. Con la escasez de generación eléctrica, agravada por el déficit de combustible, cada vez que se va la luz, los altibajos de la cobertura móvil, los sistemas de pago digital se desploman, dejando a comerciantes y clientes a medio camino.
Mientras tanto las entidades rectoras, cual avestruces parecen tener enterrada la cabeza en la tierra, emitiendo decretos y declaraciones triunfalistas, pero en la calle la sensación es de abandono. El camino hacia una sociedad sin efectivo no puede allanarse solo con decretos, se necesitan políticas que vayan más allá de las sanciones, que incentiven, que eduquen y más que nada, resuelvan los problemas estructurales de base. Si no se cambia el enfoque, seguiremos atrapados en un bucle donde el efectivo es rey, la inflación devora los salarios y el ciudadano queda atrapado en medio de una guerra comercial sin sentido.
Porque mientras la inflación devore el salario, la infraestructura digital sea una quimera y el ciudadano se sienta un número en una larga fila, la bancarización se seguirá convirtiendo para la gran mayoría del pueblo en un dolor de cabeza.
The private sector's resistance worsens the cash shortage and contributes to hoarding the bills in circulation. At the same time, the state banking system, due to a lack of liquidity and efficient logistics, is unable to keep ATMs and bank branches adequately supplied. The result is a vicious cycle: people cannot withdraw their own money from the bank to spend it, leaving them literally with funds in an account they can't use. And the measure intended to curb the informal economy ends up strangling the average citizen while strengthening the black market.
The inflationary context in which these issues unfold—the year-on-year rate is approaching 15%—means that each passing month, prices eat away a bit more of people's salaries. This is a breeding ground for economic actors, especially in the private sector, to cling to cash as an asset that depreciates less quickly than digital money, or as a tool to operate in an informal market where prices escape all control. The picture would not be complete without mentioning the technological infrastructure. For electronic money to work, it needs fundamental things: electricity, mobile coverage, internet access, or similar networks. With the shortage of power generation—exacerbated by the fuel deficit—every time the lights go out, and with the ups and downs of mobile coverage, digital payment systems collapse, leaving merchants and customers stranded mid-transaction.
Meanwhile, the governing entities, like ostriches, seem to have their heads buried in the ground, issuing decrees and triumphalist declarations, but on the street the feeling is one of abandonment. The path to a cashless society cannot be paved with decrees alone. What is needed are policies that go beyond sanctions—policies that incentivize, that educate, and above all, that solve the underlying structural problems. If the approach doesn't change, we will remain trapped in a loop where cash is king, inflation devours wages, and citizens are caught in the middle of a senseless commercial war.
Because as long as inflation eats away at salaries, digital infrastructure remains a chimera, and citizens feel like just a number in a long line, bankarization will continue to become a headache for the vast majority of the people.

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