Sin fecha de caducidad

Hay una forma de amor que no se ve, que no reclama, que simplemente sostiene el minutero para que no nos aplaste. Es un pacto silencioso entre quien se va y quien quedó atrás.

Un amor que convierte el peso de la ausencia en algo ligero, mientras se intenta retar al tiempo creyendo que así escaparemos de la pena. Pero la culpa tiene su propio reloj y el tic tac resuena como una deuda que jamás saldaremos.

Lo más desgarrador, del amor, no es la distancia geográfica, sino la conciencia de la desigualdad.

Quizás madurar sea eso: dejar de maldecir el reloj y empezar a honrar, en el silencio justo, a quien nos sostiene el mundo desde otro lado. A quien espera sin hacer ruido, sabiendo que el tiempo compartido, aunque sea en la memoria, es la única medicina que cura.

La esencia del amor es la deuda impagable con quien nos ama sin pedir cuentas del tiempo perdido.

Entonces, estemos aquí o allá, agradezcamos a quienes del otro lado siguen siendo nuestro centro de gravedad.


© Enrique Yecier

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